viernes, 11 de diciembre de 2009

Aneto


Salimos del Hospital de Benasque rumbo al refugio de la Renclusa. La ventisca nos hace difícil el decidirnos a salir del coche para iniciar nuestra marcha, pero tras unos instantes dubitativos nos calzamos las raquetas y emprendemos la marcha por los llanos del Hospital. Nadie pulula por los alrededores, y la nieve, impoluta, se ofrece ante nosotros como una alfombra sin el mínimo atisbo de haber sido pisada.
El avance con las raquetas se hace bastante cómodo, es la primera vez que las usamos, y menos mal que nos decidimos a alquilarlas.
En tres horas nos pondremos en la Renclusa, antes habremos hecho un alto en la cabaña del Plan d’Estàn.














































En la Renclusa, a parte del guarda, un perro y nosotros, nadie habita este lugar a veces tan concurrido.
Nada hace presagiar que mañana el tiempo pueda dar un vuelco tan radical para que nos permita intentar la cima, de todas formas nuestra intención es levantarnos muy temprano, y el tiempo dirá.
Así pues a las 4,45 AM me levanto de la cama para observar tras la ventana, y cual es mi sorpresa al ver las estrellas que me animan a despertar a mi compañera que no sé si acepta de muy buen grado el acabar el sueño a estas horas.
Desayunamos, y salimos al exterior, ni una huella se ve en los alrededores que nos pueda guiar a nuestro destino. Iniciamos la ascensión, yo voy delante, ya sabía de antemano que iba a ser así, pues tendré que abrir huella para facilitar el avance de Ana.
Cuatro horas tardaremos en llegar al Portillón superior, no sin tener en más de una ocasión la tentación de tirar la toalla y emprender la retirada, pues se me hace muy duro el esfuerzo de sacar una y otra vez la raqueta que se hunde en la nieve virgen, pero poco a poco me he ido habituando, las paradas han sido más espaciadas y el ritmo más constante. Ella me sigue a pocos metros, abstraída en sus pensamientos y algo impresionada por la grandeza del paisaje.
El Aneto surge ante nosotros por primera vez tras la brecha del Portillón, al igual que el pico del Medio y el de Coronas, el glaciar, que se intuye por su abombamiento, agoniza por el cambio climático.
Un pequeño problema tendremos que superar para descender al pie del glaciar desde la brecha, la pendiente que defiende esta vertiente, al margen de tener una inclinación considerable, más de 60º, se desliza bajo nuestro pies al intentar abrir huella, lo intento una y otra vez, y por seguridad sacamos los piolets que nos servirán en caso de que se nos vaya la nieve, poco a poco voy abriendo un amplio surco que nos permitirá pasar sin mucho problema.
La marcha sobre el glaciar se hace más llevadera, y un sol mortecino calienta algo nuestros cuerpos que hasta el Portillón han permanecido a la sombra. Cruzamos hasta el collado de Coronas, al cual llegamos tras descender un poco, ya que habíamos alcanzado la rimaya del glaciar que constituye una gran depresión entre el corte del nevero y los contrafuertes del pico del Medio.
Nada se interpone entre el “Coloso” y nosotros, nos habíamos dado una hora tope para emprender esta última parte, la 1 PM, y son la 1,30 PM pero estamos tan cerca que no vamos a desistir, así que nos quitamos las raquetas, nos encordamos, calzamos los crampones y dejamos las mochilas.
La cuerda no hace falta para superar esta pendiente, pero considero que ella se encontrará más segura, ya que un traspié con los crampones podría ser fatal.
Rápidamente alcanzamos el paso de Mahoma, la cruz de la cima ya se encuentra a nuestro alcance, aseguro el paso y me decido a pasar, los bloques, que anárquicamente componen esta corta arista se van superando sin gran dificultad, pero con tiento, ya que un resbalón sobre su helada cubierta podría tener graves consecuencias.
La cuerda no llega al extremo del paso por lo que monto una reunión, pasando una driza por un bloque, y hago subir a Ana, nos encontramos a unos 20 metros el uno del otro, y voy recuperando la cuerda poco a poco mientras ella va superando bloque a bloque la distancia que nos separa, pero al llegar a un paso que ha de superar a horcajadas se detiene y duda una y otra vez hasta que lo supera, se la ve angustiada, y yo desde la distancia, que no es mucha, quizás menos 10 metros, le voy dando instrucciones y ánimo. Ahora le toca superar un bloque, se agarra a él por encima de sus hombros, intenta izarse, pero no se siente segura, yo le tenso la cuerda, pero sigue sin confiar en sus fuerzas, la veo sufrir, empieza a descontrolar, sus miembros le empiezan a temblequear y la angustia aparece de nuevo en su rostro, tan sólo nos separan unos pocos metros, pero no debo abandonar la reunión ya que es nuestro seguro de vida, así que sintiéndolo mucho le digo que retroceda hasta un punto seguro, y me espere allí. Poco a poco destrepa algunos metros, al tiempo que yo voy pasando la cuerda de un lado al otro de la arista para mitigar el impacto de una posible caída. Ya está, ha recuperado una posición segura, yo por mi parte me desencuerdo y supero los últimos bloque que me dan acceso a la cima. Que poco te ha faltado Ana, que sensación de derrota recorre mi ser al comprobar que no puedo compartir contigo este momento de gloria, que extraña mezcla de sentimientos, derrota y gloria. Al final lo que ha primado ha sido la prudencia que a veces no sabemos valorar en su justa medida. Ahí estará para siempre esta cima que hoy se te ha negado, pero que nuestra actitud hará posible que en un futuro podamos compartir.
El descenso lo haremos directos hacia los Aigüalluts, pasando por el ibón de Salterillo para ir a buscar el collado de la Renclusa. La noche nos sorprenderá bajo el collado, pero ya nada nos impedirá alcanzar el refugio, que como un faro en la noche nos marca el camino
Son las 6,30 PM, hemos salido a las 6,00 AM, han sido 12,30 horas muy imtensas, ¿ha valido la pena?, yo creo que sí, sin duda. ¿ Y para ti?
























































































































Si lo sé, no voy.
La etapa hasta la Renclusa fue bastante llevadera, a pesar de esa ventisca tan endemoniada que lanzaba la nieve azotando nuestras mejillas. No se veía nada, pero su radar innato nos guía sin problemas hasta el refugio. El guarda parece sorprendido al vernos llegar: “Ya no os esperaba…”
Nos acostamos con la incertidumbre de si la meteorología nos permitiría alcanzar el Aneto al día siguiente. El viento fue remitiendo durante la noche y a las 6.00 horas comenzamos la marcha. Miro el cielo y doy las gracias por esa calma tan increíble. No hace frío, todo es silencio excepto el sonido de nuestras raquetas sobre la nieve. Va amaneciendo sin apenas tonalidades cromáticas.
Percibo el esfuerzo y el cansancio de él abriendo huella. Llegamos al Portillón, estaba tapado por la nieve y parecía totalmente impracticable. La expresión de él era de desánimo pero le duró poco: “Venga, coge el piolet”. Pensé que se había vuelto loco pero no abrí la boca, me limité a seguirle. Fue abriendo un pequeño surco a pataditas. Eran momentos delicados, un pequeño fallo y salimos despedidos. Ya hemos superado el paso pero siento tensión dentro de mí.
Vamos alcanzando altura, la Maladeta queda a nuestras espaldas también poderosa. Ese paisaje de montañas nevadas es de una belleza inhóspita e impactante. Poco a poco van quedando a nuestros pies y me voy sintiendo más y más empequeñecida.
Nos disponemos a cruzar el glaciar y me aconseja: “si me caigo en una grieta, no tienes más que regresar siguiendo la huella. También puedes bajar ese valle hasta encontrar un bosque y siguiendo hacia la derecha verás el refugio”. Esas palabras cayeron sobre mí como un mazazo. ¿Si le ocurre algo de verdad, yo sabré ayudarle?
Nos hemos colocado el arnés pero al contrario de darme seguridad, aquello me estaba asustando. Llego al paso de Mahoma y me siento torpe con esos crampones, los guantes en las manos me estorban, de pronto me veo a horcajadas con las piernas colgando en el abismo. Ya no quiero seguir. Esa cruz cubierta de blanco me da mal rollo, los movimientos despreocupados de él me encogen el corazón. Me coloco en cuclillas y agacho la cabeza, ya no quiero ver nada más… mis pensamientos son negativos, estoy desbordada.
El regreso fue lento y duro porque el traqueteo de las raquetas me provocaba mucho dolor en los dedos de los pies. La única forma de mitigarlo era colocarlas en sentido lateral.
Se fue la luz, a lo lejos se veía la Renclusa, unos ladridos anunciaban nuestra presencia.
Me hubiera reconfortado una buena duchita pero no pudo ser porque no había agua, ni caliente ni fría. Durante el día no habíamos comido más que un puñado de frutos secos, cuatro galletas y una barrita energética, de todas las formas me negué a cenar porque sentía náuseas. Me tumbé en la cama sin cambiarme de ropa y me cubrí con mantas. Con el cuerpo dolorido, el sabio organismo intentaba recompensarme haciéndome revivir hermosas sensaciones nuevas para mí… a veces llegaba un viento suave que iba barriendo las laderas, levantaba partículas de nieve que al chocar entre sí producían un sonido de delicados cristales. Tengo los oídos repletos de ese relajante tintineo

6 comentarios:

UnaMas dijo...

Extraordinaria crónica, pareja.
Leyendo tu parte, Ana, se me ha puesto el corazon a latir de prisa - por bello que sea el lugar, si no sientes que está a tu altura no vale la pena sufrir - creo - Hay veces que por mucho que quieres seguir a tu "Follow me" tienes que escuchar a tu cabeza.! Un diez por intentarlo y otro diez por decidir parar en su momento... otras cimas vencerás!

Correcamins dijo...

Buen relato y gran experiencia, de las que se recuerdan durante mucho tiempo.

La montaña nevada ejerce un especial atractivo en algunos de nosotros, pero puede encerrar grandes peligros. Yo a veces me he metido en algunos “líos” con nieve en Pirineos (nieve y hielo, que es peor), y lo peor sobre todo es que iba sólo; imprudencia total. No sé si esto se puede entender o explicar.

Pau dijo...

Vaya una crónica más bonita.

nomisx dijo...

Ahi es nada, meterse una invernal al Aneto y chuparse más de doce horas de recorrido. Excelente crónica y maravillosas sensaciones. Recordad que la prudencia de hoy augura la victoria mañana. Aupa Pucela y la madre que la pario !

Maat dijo...

Chicos, me lo he pensado mejor y creo que voy a enviar mi curriculum montañero a Edurne Pasabán. Seguro que con vuestras referencias me acepta en su equipo.
Ya os mantendré informados.

Antonio Sureda dijo...

Bueno pues yo me quedare de momento por la tramuntana Mallorquina, que viendo tanta nieve me entra el frio!
Enhorabuena pareja.